jueves, 12 de abril de 2007

Cómo rentabilizar una mentira

El precio de la verdad... Ése que muchos no están dispuestos a pagar. Un trabajo disciplinado, exhaustivo, y sobre todo de respeto a los lectores, y cómo no, a los compañeros de profesión. Aquello que se aleja del riguroso cauce de la búsqueda de la verdad desvirtúa la labor del resto de personas que participan de un servicio como es el de informar a una comunidad.

Stephen Glass
En la imagen / Fuente: Salon.com

Porque todo lo que sube baja. Porque quien juega con fuego acaba quemándose. Porque gota a gota, el vaso [en inglés, glass] se colma. Y porque es difícil que no te cacen después de crear una empresa ficticia e inventar una treintena de noticias...

Stephen Glass parecía desconocer estas "verdades universales" de la sabiduría popular. Era un reportero de The New Republic. Hasta que fue despedido en 1998 por el que ha sido uno de los escándalos mediáticos de la última década. Había protagonizado un rápido ascenso profesional después de acabar sus estudios universitarios, y si su entrada en el mundo periodístico fue desorbitada, en su caída todavía se precipitó con más fuerza.

Sólo 25 años y varias decenas de casos de fraude periodístico. El que le costó su carrera, el artículo Hack Heaven: la historia de un supuesto hacker prematuro que había sido contratado por una (aparentemente) prometedora fabricante de software: Jukt Micronics. El hacker que se saltó todos los sistemas de seguridad de Glass y consiguió dar con su secreto profesional, Adam L. Penenberg, reportero de Forbes.com y protagonista del que sería un hito para el periodismo digital. Para leer el artículo escrito por Penenberg (11 de mayo de 1998), pincha aquí.

Glass también había colaborado en revistas como Rolling Stone, George o Harper’s. Todas ellas revisaron el material que éste les había vendido, pero la peor parte pareció llevársela The New Republic, con un saldo de al menos 27 artículos fraudulentos de los 41 reportajes que habían publicado con su firma.

El tema trascendió a la gran pantalla y en 2003 se rodó Shattered Glass (en España, con el título comercial de El precio de la verdad). La pincelada curiosa la pone Charles Lane, el redactor jefe del periódico para el que trabajaba Glass, que participó en el film como asesor del equipo. Aunque reconoció su falta de profesionalidad, el propio Glass también supo sacar rentabilidad del asunto y en el mismo año del estreno de la película, aprovechó para publicar una novela autobiográfica titulada The Fabulist.

A continuación, un fragmento del largometraje en el que se representa cómo pudo ser la recreación del supuesto encuentro de Glass con el quinceañero y con los directivos de Jukt Micronics.


El texto original de Glass [traducido] arrancaba así:

Ian Restil, un hacker informático de quince años que parece más una versión adolescente de Bill Gates está cogiendo una rabieta. “Quiero más dinero. Quiero un Miata [un coche]. Quiero un viaje a Disney World. Quiero el número uno del cómic de X-Men. Quiero una suscripción vitalicia a Playboy y a Penthouse. ¡Enséñame el dinero1 ¡Enséñame el dinero!”... Al otro lado de la mesa, directivos de una californiana firma de software llamada Jukt Micronics escuchan –y tratan de obligarle de forma delicada. “Disculpe”, dice indeciso uno de los hombres trajeados al adolescente con granos. “Disculpe. Perdone que le interrumpa. Podemos convenir más dinero para usted..”

Otros escándalos

Aparte del ejemplo que aporta Glass, existen antecedentes que hacen que el caso de Stephen Glass no nos sorprenda tanto como podría pensarse en un principio. Valdrá mencionar un solo nombre: Hearst. Ese gran magnate de la prensa cuya etapa álgida transcurre desde finales del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX. Junto con Joseph Pulitzer, William Randolph Hearst encarnó la figura del periodista que trabajaba para suministrar la información que demandaba su público.

En ocasiones, si bien dirigían las grandes cabeceras de una incipiente prensa de masas, también presentaban actitudes populistas cuando no sólo adaptaban sus contenidos a la audiencia, sino que fabricaban (en sentido estricto) las noticias. He aquí la conocida cita de Hearst, "I make news [fabrico noticias]". Las noticias se mercantilizan y se componen a gusto del consumidor con el fin de vender más. Sensacionalismo, amarillismo... Mil y un nombres distintos que esconden una sola verdad (paradójica, ahistórica y rentable verdad): la mentira.

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